Víctor Guédez / LA SOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, por Faitha Nahmens

Estudió Educación en la Central donde, con el miedo escénico ya guardado en los bolsillos, confirmó que disertar ante y para otros le proveía de fuerzas con las cuales atrapar auditorios. Foto de Federico Prieto.

Acaso la vocación creadora de un ser humano la precipita el anhelo de satisfacer alguna carencia que, como una prótesis, se aloja en la psique con su boca abierta. Ese anhelo —no necesariamente afán de codicia o revancha, o apetito que derive en vampirismo, o fin que justifique los medios—, metabolizado como hoja de ruta, y tal vez obsesión —mejor si proveerá virtudes— será fuego en las manos del artista o aceite en las neuronas del pensador. Moverá pasiones. Abrirá trochas. Indicará el norte. Así podría ser como cada quien, con todas las cicatrices de la valija personal y las destrezas descubiertas en el proceso, construye su cartografía; como arranca el maratón existencial.

Unos se perderán en los laberintos del mapa, otros se quedarán rezagados, afectados por los aguijones de los cardos, los tenaces no harán concesiones nunca, ni alcanzada la meta, meta móvil, siempre ubicada un poquito más allá. La hoja de vida de Víctor (el masculino de victoria) Gúedez la marca, “más que la inteligencia”, dice con modestia, “el trabajo y la disciplina”. Afanes inculcados por la voz materna que lo cría con ese susurro clave e imperativo del amor por la sabiduría. Estudioso de las bregas del alma, he aquí el anhelo del caballero de sonrisa casi infantil y cerebro bien amoblado: saber para comprender los procesos (y las crisis, “que no pasan por accidente”). Recabar conocimientos para enriquecer de sueños inéditos su existencia de ciudadano que interactúa, de venezolano que padece y apuesta a un cambio, de hombre de su tiempo —siglo complejo que nos llega de oídas—, de hombre de familia: esposa, tres hijos y cuatro nietos. Amar el arte para acercarse más a la sensibilidad humana. Basta repasar el resumen de sus desempeños y cargos asumidos, locales y planetarios, para confirmar a qué olimpos ha accedido y cuál es el leit motiv de sus andanzas.

Andanzas o trayectoria o ascenso a la élite. Reconocido experto en los procesos productivos y laborales que desafían la condición precaria e injusta de la realidad, Víctor Guédez, presidente de Cerse (Consultoría en Ética y Responsabilidad Social Empresarial) es asesor de instituciones corporativas y de la empresa nacional, las que guapean, así como afuera, en una de las materias en la que es ducho, la responsabilidad social, así como profesor de esa cátedra en la Universidad de Barcelona (España), en la Metropolitana, y en la Simón Bolívar. También es consultor académico del Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), consejero de la Unesco y vicepresidente del Club de Roma (Capítulo Venezuela). Agregar que es director externo de Empresas Polar y miembro de la junta directiva de la Fundación Bigott.

Pero hay más. Devoto del arte en todas sus manifestaciones —“siempre pienso en el arte”—, es un avezado investigador y crítico que entiende las honduras del trazo y la porosidad de la belleza; estuvo en la junta directiva de los más importantes museos nacionales —Galería de Arte Nacional, Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, Museo de Bellas Artes— y es asesor del Cresol (Centro de Desarrollo Cultural de la OEA).

Educador que se hace entender con su proverbial capacidad de síntesis y filósofo que conquista la duda y la domestica, es además autor de libros sesudos que nos conectan con la movida global pero con foco en la realidad nacional, obras aterrizadas y de hondo calado que nos explican en el espeso ahora y la violenta circunstancia. He aquí pues a un intelectual y pensador fecundo que orienta al público, a los lectores, a los alumnos sugiriendo algunos pasos a la vez con sensibilidad y orden cartesiano con los cuales tal vez podríamos hacernos cargo del ínterin. Resumen curricular que asombra con solo ojear, imaginar cómo se sentirá ser el protagonista de esta travesía, y mantenerse sensato en el intento.

Foto de Vasco Szinetar

Ah. Cabe añadir que, el gentil hombre que ama la música, el cine, el teatro y por su puesto las artes plásticas es un charlista seductor, que en conferencias, diplomados o talleres, en el aula o en auditorios de crinolina, por Zoom o presencialmente, convierte las referencias ajenas y sin duda las tesis propias —siempre reveladoras— en mensajes estimulantes. Tiene la capacidad de sintetizar sapiencia en píldoras nutritivas de benigna digestión, sea que hable de la escena social, productiva o creadora. Compartiendo pantalla con la escritora e historiadora Inés Quitero, hace pocas horas acaba de dictar una conferencia virtual que fue un éxito real: más de 300 personas siguiendo sus conjeturas —y viene el bis— sobre la influencia del coronavirus en la vida cotidiana próxima. La gente detectó similitudes o no en la Historia, contadas por la aclamada Quintero, así como descubrió herramientas para sortear, e incluso sacarle partido, si fuera posible, a la calamidad del coronavirus a partir de la presentación de Guédez.

Infancia de carencias, “difícil y compleja”, en tiempos de confinamiento, además de pensar en el escenario actual, fragilidades y consecuencias, acaba de ordenar la enorme biblioteca personal —“mi casa dentro de mi casa”—, esa estancia amplísima llena de libros de piso a techo. El proceso de revisar cada volumen y sus dedicatorias, lo subrayado y lo escrito por él —son más de 20 títulos: Gerencia, cultura y educación,  La ética gerencialAprender a emprender, Ética, política y reconciliaciónÉtica y práctica de la Responsabilidad Social EmpresarialSer confiable: responsabilidad social y reputación empresarial, entre otros— le recordaría que también ha sido un trabajo hecho a pulso, tanto aprender a discurrir y hacer papeles de trabajo requeridos en medio mundo, como clasificar y atesorar tanta tinta nutricia a lo largo de infinitos anaqueles (anaqueles interceptados con objetos que constituyen su memorabilia).

Con los amigos. Foto de Jorge Pizzani
«Cuando viajo a dar clases, si a Barcelona, donde están asentadas importantes editoriales, o a Guadalajara, donde tiene lugar la reconocida feria internacional del libro, me traigo cuando menos 20 obras que lamentablemente no consigo en las librerías caraqueñas, es decir, siempre está creciendo la biblioteca”.

Se trata de una vieja costumbre. Empezó a llevar libros a casa desde que estaba en bachillerato. “En la de mi infancia no había uno solo”, confiesa el prolífico autor que reconoce temblar frente a la página en blanco. Y seguro frente al estante vacío.

Tal vez el anhelo que lo mueve, que lo define, tenga dos partes: el recabar sabidurías y la necesidad de compartirlas, y allí se anide su vocación: educar. Enseñar a pensar. Por eso escribe, por eso es profesor, por eso rastrea saberes y los atesora, así como acopia libros, libretas de bolsillo en todos los diseños —en ellas apunta las ideas que luego desarrollará— y ¡aforismos! En proceso de terminar el segundo volumen del tema —El arte de los aforismos o el aforismos en el arte—, le viene bien ese que dice que no eres lo que tienes sino lo que superas. Superó las carencias, logró su anhelo, halló su vocación. El profesor Víctor Guédez necesita tener las manos llenas con lo mejor para ejercer de pródigo.

Hablando de dar, su madre, el susurro mencionado detrás de su sed de conocimiento, gracias a su bendita intuición tiene, pues, una gran responsabilidad individual existencial en este éxito editorial llamado Víctor Guédez. Mujer de formación estándar, sobresaldría como la más sabia por no cansarse nunca de conminarlo a aprender. Elba —él va a salir adelante, el va a superarse, él va a vencer— Guédez es la voz tenaz que conmina al hijo único a que haga el favor de convertir en boya, catapulta, y su más cara posesión, el conocimiento. Corajuda —lo cría sola, él nunca conoció a su padre, “nunca lo vi”— conseguirá que su muchacho llegue lejos, aun si arranca su carrera con alguna desventaja. “Pero esa circunstancia está en el pasado, no, no es un dolor… ni lo fue, tampoco un resentimiento, está olvidada, es… bruma”.

Con Rafael Arráiz Lucca. Foto de Carlos Germán Rojas

Lo cierto es que ella se las apañará para que no le falte nada, y mejor que eso, tenga acceso a una buena educación. “Consiguió, nunca supe cómo, que entrara becado al colegio La Salle, todos mis compañeros tenían dos apellidos menos yo, pero no, no recuerdo que nadie me hicieran desaires por eso, era muy tímido, eso sí, y lo sigo siendo, pero descubrí que si me esforzaba podía construirme una plataforma que me soportara”, ya se había enamorado de los libros, “de hecho, me di cuenta de que lograba pararme frente a todo el salón sin paralizarme y salir airoso en las exposiciones”.

Aquellas dificultades trajeron estos éxitos “Siempre le agradeceré al profesor de Filosofía el miedo que nos hacía pasar cuando antes de empezar cada clase pedía a un alumno que ofreciera una disertación de cinco minutos; y podía pedírtelo dos días seguidos, por lo que no debías bajar la guardia, eso fue un gran entrenamiento para asimilar contenidos y aprender a refutarlos”. Frente al salón, ser escuchado con atención y verse a sí mismo como alguien con voz propia construyó la suya, una motivadora que desde hace un buen rato agradecen las audiencias. Un cura de La Salle notaría aquella metamorfosis y le sugeriría enfilarse por los derroteros que serán su vocación: “Me dijo que como no abundan los que saben hacerse entender debía aprovechar esa cualidad y dedicarme a la docencia: que tenía madera de profesor, seguí su consejo”.

Estudió Educación en la Central donde, con el miedo escénico ya guardado en los bolsillos, confirmó que disertar ante y para otros le proveía de fuerzas con las cuales atrapar auditorios. “La gente me dice que me transformo”, sonríe. En efecto la garganta se le vuelve tríceps. Su voz, que es oro para el aforo, se proyecta cuajada hasta el último de la fila. “Admito que pese a mi natural timidez, es que no se me quita del todo, me siento cómodo en el escenario, aunque resulte paradójico”. No, no es Demóstenes, tampoco una Hulk ilustrado, pero pasa: la oruga se convierte mariposa.

En la charla cibernética reciente temía que fallara el Internet —y seguramente lo temían todos los participantes— pero, sobre todo, que al no tener la necesidad de proyectar la voz o impostarla para una audiencia que lo oía por un satélite desde una pantalla a cincuenta centímetros de sus labios, no se produjera esa conmutación que le origina el contacto presencial, en 3D, y enciende su sistema nervioso. Pero es que tiene que saber que, como siempre, el público ya cautivado se enganchará con sus libretos. Incluso si habla de una pandemia, y asocia el virus con los vicios y también con las virtudes, tan contagiosos todos para mal y para bien, dejará a la audiencia como lela.

Es que aun cuando se ha dicho tanto y lo que falta del coronavirus, abordó temas universales y a la vez íntimos y consiguió que cada quien abriera el foco. Como cuando tocó el pertinente tema de las necesidades humanas en este presente de barranco, cuando por la emergencia, en el mundo y sin duda aquí, podríamos ver a terrícolas ascender hasta la más sublime trascendencia espiritual o descender al foso más hondo de los requerimientos fisiológicos básicos, cuando ya no sea el sexo, el cobijo afectivo o la seguridad lo que buscamos sino aplacar el hambre y la miseria exacerbados, o sanar el cuerpo enfermo y sentirnos nada. “La pandemia deja expuestas las desigualdades”.

Según su plática, este suceso que no distingue entre sus víctimas y embute a cualquiera en una camisa de talla única, se parece a la moda: da la impresión de que homologa a todos, pero en realidad marca las diferencias: no todos pueden comprar la rebeca de Chanel sino la chaqueta de imitación en tela mediocre. De igual manera, no todos pueden ir a una clínica y no todos tienen un organismo preparado para resistir fiebres altas ni una psique bien afinada que no se perturbe al saber que serás entubado. “Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos sino que desnuda las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso”, cita a La peste de Albert Camus, preámbulo para arribar a puerto. “Tal visión, por lo demás nos da consciencia del otro”, subraya, “revelación que puede dar pie a miedos y negaciones como el sectarismo y su derivado el totalitarismo; al racismo que lleva a la xenofobia; al clasismo que se resetea como aporofobia; o también, y he aquí una fantástica oportunidad, a las ganas compartidas de buscar solución que a su vez conduce a las alianzas fructíferas”. Y añade que más que competitivos (tengo más) o comparativos (estamos a mano), mejor ser cooperativos: la suma es la operación matemática en la que más tenemos. O sea, la más estratégica. “Sí, la cooperación es lo que se impone”.

Puede hablar con gentileza y dar esperanza aun si explica los tropiezos y decadencias de la sociedad o estirar la cuerda para resumir las tendencias de los siglos: que el pasado fue el de las utopías, sueños intensos sin ejecutoria, en el tintero, y que el presente está plagado de herramientas y medios para lograr las metas pero a estos tiempos les falta sustancia. Y puede poner sobre la mesa el tema de la responsabilidad social de las empresas en que es gurú y añadir como factor insoslayable la corresponsabilidad de todos: “De lo que hago o no hago yo y del compromiso con mi grupo y del que asuma el grupo mismo debo tener consciencia y actuar en consecuencia”, sostiene. “Nada por pequeño que sea que hagamos resultará insignificante, y nada, por más grande que nos parezca, será suficiente”.

Le sirve también la palestra para entrar en honduras así como puede hablar de los valores, de aquellos que se oponen y de entre las cuales pareciéramos forzados a escoger, y de tal paradoja. “Como decía Octavio Paz: a veces no es esto o aquello, sino esto y aquello, o esto es aquello”. E invita a pensar, para entender el calibre de la decisión, en aquellos valores que ahora mismo parecen enfrentarse peligrosamente: vida y economía, seguridad y libertad, cautela y audacia, o lo urgente frente a lo esencial, dilemas que ogran arrinconarnos. “Por ejemplo, restaurar el clavo de la herradura del caballo ¿es importante o urgente? ¿Cuánto puede postergarse? ¿Es una disyuntiva fácil? Cambiarlo hará que el animal galope sin molestias y en consecuencia que su jinete no corra peligro de caer y por ende no se malogre… ¿vemos la realidad así?”. En ese callejón estamos.

“Como dicen algunos: hay que resolver el problema de Venezuela, hay que cambiar el rumbo, hay que sustituir el gobierno. Sí”, admite, “pero les falta el adverbio: cómo”. El cómo es una carencia compartida (igual que el como, sin acento, una interrogante).

Hombre de medulares convicciones democráticas, cuyo latido deja muy lejos a los paradigmas que nos encamisan como vivarachos o como tontos de capirote —queda claro que sabe ubicarse al margen o por encima de estas trampas dilemáticas que mira al trasluz—, he aquí a un intelectual de genuina emoción ante el hallazgo, deseoso por desenredar la madeja. No rehuirá ni abjurará de nada ni de nadie en ese espacio laberíntico donde forcejean tensiones con desesperación y tratará de ver en lo posible todos los ángulos y todas las posibilidades, sin prejuicios y con justicia. “El líder ve más allá del horizonte, el emprendedor aprovecha las oportunidades y el gerente revierte las circunstancias”, encuadra su filosofía en la práctica. Pero vale extrapolar. En todos los ámbitos se requiere de ética. “Hay que considerar no hacer daño, hacer el bien, crecer y hacer mejorar al otro”. Sí, qué belleza.

Equitativo, generoso, fiel al sentido del equilibrio —equilibrio no es ambigüedad; por otro lado, no tiene lógica esforzarse tanto para luego desbarrancarse— no sorprende que este demócrata, defensor de los derechos y la paz, que trabaja sin descanso en el país posible, persuadido de que la tenacidad, y no el hacha, es la opción, se ubique políticamente en el centro, ese espacio de forcejeo permanente y a la vez libérrimo que tiene la ventaja de poder escoger lo mejor de los extremos. Porque todo mestizaje puede ser una delicia.

Así que no será de derechas, ni tampoco de izquierdas; aunque fue activista del partido Copei —acaso esto si sorprende ¿o no?—, y durante el tránsito se identificó con las tesis de los Astronautas, ala en que compartía ideales con Joaquín Marta Sosa. Proponía esta fracción verde la conjunción de las ideas compasivas social cristianas con la solidaridad de las teorías zurdas, ahora mismo sordas. Nunca dogmático, no puede serlo un pensador que ejerza, cero rótulos cero etiquetas, confirma su pasantía por este taller teórico y práctico del ejercicio del poder así como también su no retorno a tales escenarios. “La política me interesa, el pensamiento sin duda y los intríngulis de su ejecutoria, pero no es una opción para mí, no me pasa por la cabeza ser político: volver a serlo como cuando en mis tiempos de estudiante me comprometí con la universidad desde la plataforma de un partido”.

Apoyado por Copei, decide lanzarse como candidato a la representación estudiantil al consejo de la Facultad de Humanidades. Debió conmover a sus pares con su elocuencia y captar seriamente su interés con promesas de atractivas realizaciones, porque logró un récord. Para su sorpresa, en un ambiente cromáticamente rojo, sería el único no marxista en obtener el favor del voto de los compañeros. “Entonces todos eran izquierdistas, profesores y alumnos, sin embargo, gané”. Eran tiempos apasionantes, errores aparte, donde había en todos los sentidos tela para cortar. Ahora lo que hay es tela de juicio, tela deshilachada o te la debo o te la cobro; y no escasean las tijeras. “Fueron fuertes el fascismo, el comunismo y la democracia liberal, ahora parece que solo nos quedara el capitalismo; aunque quede comunismo en algunas parte del planeta, vimos que cayó como bloque” (bloque de cemento o de hielo), “pero el capitalismo también tiene crisis, toca salvar al capitalismo del capitalismo para salvar al capitalismo, y hacer lo propio con el socialismo”. Y acaso intentar un maridaje innovador que no excluya dos concepciones que también parecen imposibles de reunir: justicia y libertad. Él cree en el trabajo y también en los milagros.

Aunque cercano en una época a la organización en cuyo nombre aparece Cristo, léase Copei, no vale concluir que es un católico muy practicante. “Entro con más gusto a las iglesias vacías que a la misa dominical… los ritos y las oraciones en coro me desconcentran de mi íntima conexión espiritual… aunque creo”. Las multitudes por un rato; puede relacionarse sin prejuicios con lo distinto o lo que disfrute la devota mayoría, pero si feligrés, adorará el credo que propone el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, su amigo: “Necesitamos religiones alegres donde todos podamos ser santos”.

La circunstancia cambia si la liturgia incluye música de un órgano. Este melómano entiende que es el instrumento supremo, “el rey de todos”, por su sonido tan profundo y trascendente, que consigue que las almas comulguen. Ah, y si es Semana Santa oirá la resurrección de Mahler antes que cualquier Requiem, aunque sea de Mozart, que dejará para después, a modo “de rebeldía”. Para él, la fe se basa en la resurrección. Bueno, como su biografía, que tiene que ver con vencer-se. Levantarse. Ser. Que seamos.

Con predilección por la comida casera, es más feliz compartiendo mesa en lugares modestos donde la carta ofrece “siete pescados capitales”, o cocinando en casa spaghetti a la carbonara, que en restaurantes estrellados; para todo lo demás es un hombre cultivado de elaborado pensamiento. Adalid de la cultura como forma de desarrollo, de integración, de sabiduría, tiene tatuado entre ceja y ceja el mandato de digerir el arte y ofrecerlo como comunión. Por años los domingos fueren días para celebrar a la creación, que en su caso sería la de los pintores  y escultores. Era su ritual no perderse ninguna exposición caraqueña, así como cada sábado, durante años, visitó los talleres de los artistas: los conoce a todos, así como conoce sus esfuerzos. El arte es su elemento, aunque jamás ha tomado un pincel, ni ha escrito un poema. Trazar líneas hasta conseguir la forma de las cosas sin embargo es su competencia.

Humanista con rigor científico, este señor a quien se le ven de lejos las neuronas inquietas se esmerará en detectar las conexiones entre teorías e interpretaciones filosóficas históricas y actuales. Incorporará las variables que pueden cruzarse con los factores subjetivos (idiosincrásicos, emocionales, psíquicos) “como dice Nietzsche, no hay teorías sino interpretaciones”, o “como dice Azorín: Si fuera objeto fuera objetivo, como soy un sujeto pues soy subjetivo”. Y como buen observador catalogará conceptos con precisión técnica, organizará causas y efectos en casillas enlazadas con flechas, y convertirá aquella cartografía en contagiosa voluntad creadora en sus charlas, en sus libros, en su norte. Guédez barajará con sensibilidad los elementos de esquiva medición matemática con lo racional para abarcar en sus ensayos tanto los temores en juego, las reiteraciones legendarias, los silencios sociales o la compasión como las estadísticas.

El resultado es que devendrá esperanza, incluso exaltación, pero no el flechazo encorsetado y para consumo masivo de la autoayuda, ni será el efecto como el llamado sospechoso de un culto a no pensar. Si hay que caer en trance que sea por buscar una respuesta. Empático, racional, atento, ya si expone ya si escribe mostrará con todo respeto el tuétano de las cosas, a la vez que invitará a no a seguir una fórmula, sino a pensar. Es decir, es optimista, y lo es por deber y por estrategia de vida. Cree a pies juntillas que en el horror hay fisuras y que es de sabios transformar en poder a favor las pifias que nos perturban. Que nos vulneran. Enamorado de la vida (si es urbana mejor, “me fascinan las ciudades”) entiende que tenemos un desafío a vencer, no un imposible.

Estudioso del devenir de la humanidad da por cierto que la evolución es un tema que no hemos despachado, es decir, que tal vez no ha concluido: acaso seamos homínidas todavía, porque si realmente fuéramos seres humanos tendríamos que ser todos más buenagente. Pero el albedrío está. Y la posibilidad de cambio también, en consecuencia. Y ese cambio puede pasar de ser un anhelo a convertirse en vocación, a partir de la necesidad de cada quien. Si yo cambio, todo cambia, así como si todo cambia y yo no cambio no cambia nada. “Y si cambia al menos 15 por ciento de la humanidad seguro cambia la realidad”, saca su mejor cuenta. “Cambiarnos, ojo, no sustituirnos”, advierte desde la cita: “La historia comenzó cuando creamos a los dioses, y se acabará cuando sustituyamos a los hombres”, es un alerta. “Pensemos en nosotros, en lo que sufrimos y en lo que podemos hacer, en lo que sufre la carne más que en crear robots, consustanciémonos con nuestra naturaleza, seamos ecológicos de cuerpo y alma, mientras ahora mismo sobrevivimos, aguardamos y aprendemos”.

Este artículo publicado originalmente en El Diario fue editado por Génesis Herrera.

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