Voz de fondo / LA INTENSIDAD POÉTICA DE CHRISTIANE DIMITRIADES, por Edilio Peña

Los poemas de Christiane Dimitriades semejan una identidad que hace acordar las imágenes de ese poeta del cine: Andrei Tarskovsky. Foto de Luis Morillo / El Universal.

La lectura de este libro de poesía de Christiane Dimitriades, me ha tocado con su deslumbramiento.Y sólo aquello que me ha de tocar, me impulsa o enamora a escribir sobre ello. Sobre todo, por producirme una honda remoción que termina por nutrirme e instruirme. Esta reflexión a la que desciendo, es sobre la poesía de una poeta que no conozco personalmente. Un hecho causal me acercó a su poesía.

Voz de fondo, este magnífico libro de poesía de Christiane Dimitriades que he leído con delectación, no sólo nos conduce a cada una de las páginas de sus poemas en la que se ha escrito el cuerpo de su representación, sino que también cada poema es un estado de la poesía que se reconoce más allá de la representación que parece una obligada condena de la composición.

El poema es el protagonista de la mano, no la biografía del poeta. Este libro lo demuestra y celebra al descorrer este velo de la bruma. Aunque nunca se deja de ser persona entre las hendijas de la urdimbre donde se es tejido por el destino. En tanto si no hay representación posible, existe un estado poético superior desde el cual es creado o brota expurgativo del poema. Nace de un árbol frondoso o un árbol seco de espinas. Instante en que el poeta pierde la pertenencia de lo creado y comienza su verdadera realización como ser y poeta. Emerge el renunciante. Estoico, místico o pervertido. Su sentir creativo deviene de la luminosidad incandescente o del telúrico magma (o la levedad silenciosa, tímidamente discreta de Christiane Dimitriades) de ese estado poético sin ninguna pretensión confesional degradada por el sentimentalismo. Hay que ir más allá para reconocer lo que se es y olvidarse a la hora de escribir un poema. Nadie puede enseñar a otro a escribir un poema sino siente el llamado de la luz o las tinieblas. El corazón es un delator. Los auténticos poetas lo saben y huyen del exhibicionismo y el narcisismo. No se miran entre ellos y no andan tras maestros que los guíen. No son huérfanos, son hondamente desamparados. Es casi una razón primordial que no tiene nada que ver con la voluntad. El renunciante se busca así mismo para encontrar al otro. El poeta es un aislado que pretende vencer lo trágico. Por ese sendero deambula, como un pasajero o una mujer exquisita que agota el cigarrillo de la espera en la madrugada. El sufrimiento es impuro. Lo que más teme una víctima con ética, es degradarse en el lamento.

Ni siquiera en su labor solitaria, el poeta persigue lo bello del poema como pretensión última, sino el rayo del estremecimiento que tensa el alma y que habrá de atravesarla indefectiblemente. Un acto elevado que conjura cualquier vanidad o egolatría. El sacrificio es una ofrenda a un Dios que se olvidó de nosotros. En el fondo, si existe esa profundidad, el sentido del poeta no es grabar el poema en la memoria de sí o del otro, sino en el cerebro del universo. Allí no sabemos si el poema habrá de perdurar, pero eso no importa. Las palabras también dejan de ser puentes colgantes hacia el paraíso o el abismo.

Sin embargo, en la orilla de los extremos siempre hay alguien que nos espera en la distancia. La verdadera poesía no está movida por la trascendencia ni la gloria. Pero sí, más allá de la existencia y de la propia muerte. El poema, entonces, es una desgarradura o una herida que llevamos desde que nacemos, para ir lejos de los sentidos previsibles, la costumbre, dimensión en la cual se percibe lo que mueve a la vida misma sin juicio ni espiación. Ambos valores pertenecen al tiempo que sentencia y devora.

El asombro es femenino cuando restituye al mundo de primera vez. Todo es impulsado y anulado por la brevedad. Un poema trata de aprehender ese instante potencial del prototiempo. Los poemas de Christiane Dimitriades semejan una identidad que hace acordar las imágenes de ese poeta del cine: Andrei Tarskovsky. Nuestro primer grito, nuestro primer beso y nuestra única muerte. El poema está signado por la fugacidad. Nada regresa y nuestro ideal es burlado por el porvenir. La nostalgia sin pasado. El eterno retorno no repite lo vivido. Y de repetirlo, sería tan horrible como el horror. Ya hemos aprendido del apocalipsis que vivimos.

Nuestra obstinación o empeño no es más que un acto de soberbia continuo hacia la nada. Entonces, los poemas que componen y definen a este libro, Voz de fondo, de Christiane Dimitriades, no son la revelación de un estado emocional ni racional del poeta, es el reconocimiento total (la asunción o la purgación) de una dimensión tan propia del estado del ser que se eleva por encima del acontecimiento (si lo hay) al registrarlo con serena perplejidad en esa fugacidad que se marcha, como si esta misma transitara fuera de la historia a la que estamos acostumbrados y nos petrifica.

VOZ DE FONDO, de Christiane Dimitriades. Oscar Todtman Editores, Caracas, 2019.

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