Vientos de agua / EL GRAN DRAMA DE LOS EMIGRANTES, por Alfonso Molina

Ernesto Alterio, Héctor Alterio y Eduardo Blanco son los grandes actores argentinos de esta serie de alta calidad.

Este es un extraño caso de reivindicación audiovisual. Hace 14 años se estrenó en Argentina y España la ambiciosa serie dramática Vientos de agua, producida por televisoras de ambos países bajo la creación general del argentino Juan José Campanella (Oscar 2010 por El secreto de sus ojos), quien se inspiró en su abuelo materno, un asturiano que llegó a Buenos Aires a principios del siglo pasado.

Una auténtica superproducción de gran presupuesto que a pesar de las excelentes críticas no logró captar las audiencias de una y otra nación. Fue un gran fracaso de público y pronto salió del aire. Con los años esta serie de 13 capítulos ha sido apreciada mejor en las plataformas de streaming y hoy es una serie de culto en ambos lados del Atlántico. Así la descubrí y la disfruté.

Vientos de agua tiene dos líneas narrativas. La primera cuenta la historia de Andrés Olaya, un joven minero asturiano que en 1934 escapa de la Guardia Civil, abandona a su familia en plena Guerra Civil española y se embarca a Buenos Aires para rehacer su vida. La segunda expone la decisión de su hijo Ernesto, un arquitecto reconocido, de dejar su familia en Buenos Aires y abandonar la Argentina de la crisis económica de 2001, con el ‘corralito’ incluido, para tratar de insertarse en la vida de Madrid. Dos historias de emigrantes en una misma familia con 70 años de diferencia.

En 13 capítulos de una única temporada, Campanella y sus colaboradores —entre los cuales se halla la célebre guionista Aída Bortnik y el laureado director de fotografía Félix Monti— logran desarrollar dos historias de desarraigo y de integración que marchan paralelas marcadas por conflictos políticos, sociales y, sobre todo, emocionales. Andrés Olaya y Ernesto Olaya significan dos momentos distintos en las historias de España y Argentina, entrecruzados por la necesidad de sobrevivir y de superar el dolor y la distancia.

En cada una de sus narraciones surgen un puñado de personajes que enriquecen sus vidas. En el buque que zarpa a Argentina en 1934 se establece la identificación espontánea de emigrantes de toda Europa —españoles, italianos, húngaros, etcétera— que superan sus barreras idiomáticas para reiniciar sus vidas. Julius, el judío húngaro que huye del nazismo, o Gemma, la niña italiana que ha perdido su familia, juegan roles muy importantes en la conformación de la nueva vida de Andrés, mientras su hijo Ernesto halla cómplices en Ana, la cálida donostiarra que lo ayuda a instalarse en Madrid, o Mara, la hermosa colombiana que le brinda el calor caribeño de la inmigrante ilegal en España. Son muchos personajes en ambas ciudades que van conformando el cuadro humano de la necesidad de pertenecer a un lugar.

Todos estos personajes son interpretados por un conjunto de actores excepcionales, empezando por el gran Héctor Alterio como el Andrés que envejece en Buenos Aires o su hijo Ernesto Alterio que lo interpreta en su juventud. Como también el extraordinario Eduardo Blanco, como el arquitecto argentino que debe emigrar a España, o Angie Cepeda, como la bella colombiana que lo recibe. El trabajo interpretativo es diverso, heterogéneo y muy profesional.

La producción de Campanella es compleja y trasciende los límites de las series habituales. Sus guiones trabajan personajes muy diversos pero también situaciones sociales y políticas diferentes. Allí están la Guerra Civil española, el triunfo de Francisco Franco, el surgimiento del peronismo, la muerte de Eva Perón, la llegada de la democracia a ambos países y el asunto migratorio a ambos lados del océano. Andrés es un asturiano que en Argentina todos lo llaman el gallego y Ernesto es un hijo de español a quienes los mismos españoles llaman el sudaca.

Es inevitable asociar las tramas y subtramas de esta teleserie con la diáspora venezolana. Cuando el personaje de Ernesto llega a Madrid, en 2001, las autoridades de inmigración españolas hablan de argentinos, colombianos, polacos, albaneses, dominicanos, africanos, etcétera, pero nunca de venezolanos. En ese momento nuestros connacionales eran turistas o residentes legales. Eso ha cambiado de forma radical en menos de 20 años. Hoy hay cinco millones de venezolanos repartidos por el mundo, muchos de ellos de forma ilegal o irregular.

Vientos de agua es la prueba de que sí se puede producir series de muy alta calidad para acceder a públicos masivos. Hoy, casi 15 años después, es una de las preferidas en Netflix. Ha trascendido.

VIENTOS DE AGUA, Argentina y España, 2005. Serie de TV. Dirección: Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Bruno Stagnaro, Paula Hernández. Guion: Juan José Campanella, Juan Pablo Domenech, Aída Bortnik, Aurea Martínez, Alejo Flah. Fotografía: Félix Monti, Miguel Abal. Música: Emilio Kauderer. Elenco: Héctor Alterio, Ernesto Alterio, Eduardo Blanco, Silvia Abascal, Iván Hermés, Claudia Fontán, Pablo Rago, Giulia Michelini, Marta Etura, Angie Cepeda, Valeria Bertuccelli, Bárbara Goenaga, Rubén Ochandiano, Pilar Punzano, Mariano Bertolini, El Gran Wyoming, Joan Dalmau, Darío Valenzuela, Carlos Kaspar, Félix Cubero, Caterina Murino, José Luis López Vázquez. Disponible en Netflix.