Tiempos recios / PERDÓNEME USTED, DON MARIO, por Antonio Llerandi

‘Tiempos recios’ tiene la importancia, de reconstruir, incluso con las especulaciones e imprecisiones que la ficción permite, unos acontecimientos definitorios en el futuro de la región.

“Lo esencial de la vocación de un deicida: la rebeldía contra la realidad”

Mario Vargas Llosa en Historia de un deicidio

Especial para Ideas de Babel. Acabo de leer, y no porque esté en cuarentena, su último libro publicado, la novela Tiempos recios. Y digo que no porque esté en cuarentena, porque no es una actividad que hago de forma casual, sino es un hábito que tengo desde hace muchas décadas, que por otra parte me ha permitido conocer su obra y disfrutarla. Poseo muchísimos de los libros escritos por usted, lamentablemente hoy en día lejanos en mi ex patria Venezuela, todos leídos desde luego.

Me tomo la libertad de escribirle esto, aunque estoy seguro que ni le llegará ni lo leerá, pero en este caso no me importa, siento la necesidad de expresarme, de expresar lo que siento a partir de la lectura de su novela. Lo trato de usted y de don Mario, por respeto, por respeto en primer lugar por su edad, en segundo por su vasta e importante obra, que hasta un Nobel y un marquesado le han conferido. Y, sobre todo, por su posición ante las injusticias y los sufrimientos en el mundo. Qué mayor éxito en la vida, ¿verdad?

Conozco casi toda su obra, desde las primerizas Los Jefes y La ciudad y los perros, pasando por su premiada novela en el Rómulo Gallegos La Casa Verde, que mi maestro del cine, Mario Robles, tuvo los derechos para realizarla, aunque no la filmó, y las decenas otras que a partir de ahí ha escrito.

Qué osadía la mía, un ilustre desconocido, de tratar de cuestionar lo que usted ha escrito. Pero eso es algo, y usted lo sabe muy bien, a lo que se expone cualquiera que muestre su obra públicamente. Si usted escribe y edita y vende y yo lo compro y lo leo, tengo también el derecho de opinar. Los 19,95 dólares que pagué por su libro me dan ese derecho individual. Es como si hubiese ido a un restaurante y me hubiera gastado esos veinte dólares, aunque en este caso habría propina, y al salir podría decir, me gustó o no me gustó la comida, o era escasa, o le faltó sabor, o no era nada del otro mundo. Todas esas posibilidades las hay. Claro, mi opinión no va a cambiar para nada el menú del restaurante, tampoco su manera de ver las cosas, pero déjeme decirla por aquello de la libertad individual y sobre todo de las ganas. Porque hacer y decir lo que a uno le da la gana, sin ofender a los demás, es el concepto mismo de la libertad. Y eso usted lo ha pregonado siempre.

En primerísimo lugar, aclaro que nunca se ha asomado en mí ser ni la posibilidad ni la capacidad de ser crítico, mucho menos literario, líbreme Dios. Solamente opino a partir de mi experiencia como lector, como consumado lector, y que además me he paseado por casi todos sus libros. No sólo los de literatura, sino de ensayos, e incluso el de crítico literario, que usted también lo ha ejercido.

A este respecto, he tenido el placer, hace pocos días, y gracias a la gentileza de mi hijo que me lo ubicó, de leer un libro suyo de 1971, desaparecido hace muchas décadas, tesis original de su doctorado en la Complutense de Madrid, García Márquez: Historia de un deicidio, donde ejerce precisamente esa labor de crítico y analista literario, a partir de sus amplios conocimientos y su capacidad investigadora. Libro, por cierto, difícil de encontrar. El último ejemplar que logré ubicar en una librería de textos usados en Madrid, costaba más de 200 euros, lo que sobrepasaba mi capacidad adquisitiva. Sin embargo, tanto va el cántaro a la fuente, que la encuentra y se la bebe. Y me lo leí. Me imagino, y es simple especulación, que este libro que fue escrito en su momento debido a su cercanía a García Márquez, y el conocimiento de su obra, no fue reimpreso, debido al  notorio alejamiento entre ambos, producto de un conflicto que ninguno quiso aclarar, y por ahora queda sólo usted para hacerlo y sospecho, por lo doloroso que habría sido, que no quiere recordar. Por todo eso, ese libro se ha convertido en un incunable, y gracias al azar e internet he podido asaltar esa cuna y leérmelo.

Ahora volvamos al hoy, a su última novela, que es la razón de este modesto escrito. En primer lugar, le agradezco y de qué manera su publicación, porque usted, ampliamente leído, ha permitido a aquéllos que no lo conocían, la reconstrucción de unos hechos profundamente tergiversados en la historia de América Latina, y eso se agradece y mucho. Algo tan insignificante para tantos, como la Guatemala de hace casi un siglo y el destino de los pueblos latinoamericanos no es ni por asomo que interese al resto del mundo. Fíjese en Venezuela, mi país, que termina doliéndole sólo a los viudos y huérfanos de ella. Los demás, sí, la mencionan, pero hasta ahí, pocos hacen algo por ella. Venezuela está huérfana del mundo, como lo estuvo Guatemala en el tiempo en que se desarrolla su novela.

Tiempos recios tiene la importancia, para quienes la lean, de reconstruir, incluso con las especulaciones e imprecisiones que la ficción permite, unos acontecimientos definitorios en el futuro de la región.  Su investigación, y la narración de los hechos, como siempre hace usted, son impecables. Uno —y uno soy yo— se lee la novela de un tirón.

Pero, y claro siempre hay un pero, en este caso es mi pero, a lo mejor equivocado, pero válido al fin y al cabo, sobre todo para mí. La novela, como todo lo que usted hace, está muy bien escrita. Pero me le falta desliz. Es demasiado correcta. La corrección se agradece, pero un poco de locura también y de eso se trata la literatura y usted, don Mario, lo sabe muy bien.

Los hechos que la novela narra no son ni correctos ni ejemplares, forman parte de esa locura americana, que usted muy sabiamente pondera en la obra de García Márquez, esa necesidad de explotar literariamente a la misma altura de las explosiones ilógicas de nuestra realidad, de nuestra locura de vida. Eso, me le faltó locura, porque definitivamente somos locos, unos locos deliciosos, y la literatura que nos narre debe serlo también. No sé si me explico, pero yo me entiendo y espero que otros muchos también lo entiendan. Lamentablemente su novela es más Flaubert que Faulkner, para mencionar a dos de sus favoritos.

La novela es tan, pero tan educada, que en la página 55, el corrector de pruebas se permitió colocar el verbo signar, cuando no le correspondía. Creo entender que usted escribió un diálogo que decía: “las guatemaltecas singan tan mal…” y la mano pulcra y no peluda colocó: “las guatemaltecas signan tan mal…” quizás influenciado por la catadura moral que usted coloca al referirse a “ajos y cebollas” varias veces, cuando a eso que llaman malas palabras se refiere. Debo reconocer eso sí, que lo utiliza al máximo cuando Abbes García le dice a la no tan inocente Martita que le va a romper el culo, etcétera. y etcétera.

Hubo un momento, en el capítulo VII donde se le salió un poco —quizás demasiado poco— una astucia literaria para establecer dos diálogos, en dos momentos diferentes, con dos interlocutores distintos, Abbes García y Castillo Armas, en encadenados párrafos, pero en una falsa continuidad, con un mismo interlocutor, Trujillo, y que nos permitiera a los lectores gozar de esa habilidad literaria suya. Pero eso se acabó ahí, fue la máxima locura que usted se permitió en esta novela, y eso la hace carente de lo que yo reclamo y que creo que usted sabe muy bien que es, porque se asocia con pasión, con creación, con búsqueda.

Hubo un diálogo en la página 224, donde el general Trujillo le dice a su hermano: “Eres una invención mía, y así como te inventé, te puedo desinventar…”  E igualmente —como el programa de mi computadora al yo escribir esta última palabra me la subraya como incorrecta— le debió suceder a usted, pero sencillamente, incidió en ella, porque le pareció que esa pequeña violación gramatical tenía sentido, era coherente con lo que se estaba diciendo, incluso más que si se hubiese instalado otra palabra más correcta, pero menos eficaz. Y esa es para mí la clave del asunto, lo aparentemente incorrecto es más eficaz que lo impoluto. En la literatura, como en la vida, a veces hay que embarrarse para lograr cosas buenas, y usted lo sabe muy bien.

Sin ánimo de meterme para nada en su vida privada, que bien privada la tenga, pero esa decisión suya de separarse de su esposa de medio siglo, y de algunos de sus hijos, para aventurarse en una nueva vida de pareja, de futuro, con una asidua de las páginas de Hola, ¿no podría ser una decisión más alocada que correcta, según los cánones sociales? Pero se lanzó a ella, no sé si sin pensarlo o pensándolo muy bien, eso es asunto suyo. Lo que yo le reclamo es que teniendo la posibilidad —porque vaya que la tiene— de lanzarse en aventuras literarias más arriesgadas y productivas, se haya ido por el camino fácil de narrar, solamente narrar.

Tiempos recios es más periodismo que literatura. La inclusión de la entrevista final con uno de los personajes de la novela lo ratifica. El periodismo narra, la literatura emociona, y eso me falta en la novela. Quizás le esté pidiendo más Caribe y menos Perú, pero no sé si eso le es posible. A lo mejor exagero y le solicité algo que a usted no le nace, no lo sé. Pero es que Guatemala no está en la cordillera andina sino pegadita a ese Caribe tormentoso, picaron e impredecible, como el que usted intenta penetrar.

A mí me gusta cocinar mezclando ingredientes, casi siempre sin medirlos, pero probando algunos nuevos en platos anteriores —o en recetas nuevas— a veces funcionan, a veces no, pero cuando uno descubre un nuevo sabor, y el comensal se encuentra con algo que le explota en el paladar y que lo hace viajar en el placer y la imaginación, el logro vale la pena. No sé si usted cocina don Mario, pero escribir es algo parecido. Vuélvase un poco loco, usted tiene con qué y lo sabe, créame, vale la pena. Con todo respeto.

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