Para acabar con la civilidad / LA MUERTE DE VARGAS, por Antonio Llerandi

José María Vargas, un civil, un prestigioso médico, para más señas rector de la ilustre Universidad Central de Venezuela, y además, el primer Presidente de la República sin ostentar, gracias a Dios, ningún emblema militar.

Especial para Ideas de Babel. Hay muchas muertes relacionadas con Vargas. La más grande y terrible fue el resultado de la vaguada que acabó con decenas de miles de personas y, sobre todo, con Venezuela. La vaguada fue el comienzo del final, allí prácticamente desapareció el litoral vargûense, pero no sólo eso, ese día —con la aprobación castrada de la nueva constitución que abolió la República de Venezuela y creó el engendro bolivariano— comenzó el final de todo.  Venezuela finalizó ese día.

Todos sabemos que lo que surgió en ese momento arrasó con el país y lo convirtió en lo que es hoy en día: un narcoestado dirigido por un grupo de pandilleros, sustentado, adiestrado y gobernado por el régimen cubano. Y precisamente la vaguada fue la circunstancia que se aprovechó para negar la presencia norteamericana de ayuda que venía en camino y sustituirla por la cubana, que a partir de ese momento se convirtió en hegemónica en territorio nacional.

El desastre gigantesco de la desaparición de un país, amparado en un cataclismo natural y a espaldas de una población inerte, es un hecho de una canallada tal, que no tiene parangón en la historia universal. Pero todo fue muy bien calculado y sobre todo ejecutado, a tal punto que 21 años de control lo confirman. Una invasión calladita, pero eficaz.

Nada fue gratuito, la ocasión la pintaron y no calva, para las mentes de la maldad y el control, fundamentalmente ejercidas desde la isla invasora. Ya la inteligencia macabra había hecho sus pininos en tierra continental, pero la fatídica fecha del 15 de diciembre de 1999 fue el comienzo del fin. Allí culminó todo. Venezuela desapareció.

Como anécdota singular, algunos avezados ciudadanos que en ese momento se encontraban en EEUU, portadores de los pasaportes que encabezaban con el distintivo República de Venezuela, alegaron que su país había desaparecido y pidieron asilo como apátridas, que era lo que se consideraban. ¿Y saben qué? Fueron aceptados y protegidos por su condición. Visionarios, sin lugar a dudas.

Vargas también se ha puesto de moda en los últimos días con una payasada profusamente difundida y calificada “como intento de invasión”, “despliegue de fuerzas rebeldes” y otra cantidad de anacronismos, pero que indiscutiblemente es un montaje perfectamente elaborado, creo yo que por esa inteligencia del mal, pero inteligencia al fin, que nos domina.

Pero ninguno de los hechos anteriores, en que la muerte está ligada al nombre de Vargas, es a lo que voy en este artículo. Vargas tenía el honorabilísimo distintivo de ser el único estado de Venezuela en sustentarse y homenajear a José María Vargas, un civil, un prestigioso médico, para más señas rector de la ilustre Universidad Central de Venezuela, y además, el primer Presidente de la República sin ostentar, gracias a Dios, ningún emblema militar. Y como culminación de todo, decidieron matar a Vargas, y desaparecer su nombre, no vaya a ser cosa que se convierta en bandera de lo civil, de lo razonable, de lo científico, que han tenido 21 años tratando de erradicar de raíz.

¿Y qué hizo el régimen actual?  Mediante otra artimaña electorera, pues eso si lo saben hacer y muy bien, despojó al estado de un nombre que lo enriquecía, llamándolo simplemente estado La Guaira.  Fue el toque de gracia de lo que ese territorio y todo el expaís se ha convertido, en un campo arrasado, manejado, controlado y exprimido por los de uniforme.

Mi abuelo no soportaba a los de uniforme, cualesquiera que fueran, tanto que un día uno de sus hijos le dijo que iba a meterse a militar, y mi abuelo le contestó que él hiciera con su vida lo que quisiera, pero que si se metía al ejército no le permitiría volver a pisar su casa. Finalmente mi tío desistió del asunto. A lo mejor mi abuelo me transmitió por vía genética ese rechazo por los uniformes, y por eso no puedo entender que busquemos a militares para resolver el problema que han causado otros militares. Me parece una aberración.

Sueño con un futuro país donde desaparezca el nombre de los estados Miranda, Lara, Falcón, Bolívar, Sucre, Monagas, Anzoátegui, e incluso Carabobo, que aunque no es el nombre de un militar, si lo es de una batalla, y toda batalla huele a militar; y los sustituyamos por los estados Gallegos, Soto, José Gregorio Hernández, Carreño, Convit, Cruz Diez, Nazoa, Sojo, De Venanzi, Estevez, Montejo, y tantos otros que nos enorgullecen por lo que hicieron a favor de la vida y la creación, y no de la muerte y la destrucción como lo hacen los militares. Por ahora sueño.

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