Ya no seremos los mismos / CULILLO, por Antonio Llerandi

¿Lo podremos soportar?

No, no es una mala palabra. No tiene nada que ver con culito, por lo menos directamente, aunque pudiera ser que sí, quién lo sabe. En todo caso es una expresión auténticamente venezolana o quizás, mejor dicho, casi exclusivamente venezolana. Es una forma muy especial de mostrar o manifestar miedo, eso que ahora se ha hecho universal.

Porque, vamos a ser sinceros, hoy en día tenemos culillo de todo, de salir, de abrazar, de comprar, de pasear, de toser, de estornudar, de desenmascararnos. En fin, de todo aquello que lleve implícita la palabra contagio. Y es que el maldito virus, que nos tiene hasta la coronilla, se instaló no solo en la superficie de la tierra y se regó por ella, sino que se nos metió en la cabeza y convirtió toda actividad humana en un peligro. Da culillo hacer cualquier vaina.

Los venezolanos tenemos ya más de veinte años sintiendo el asunto, un gran culillo. Quizás eso nos agarra mejor preparados que el resto del mundo. Todo aquél que haya vivido en Venezuela en ese período sabe mucho de estas cosas que hoy en día son una novedad para la humanidad, o mejor dicho para buena parte de ella. Cuando vemos que desaparece el papel toilette, nos decimos qué es eso para nosotros, lo hemos vivido en carne propia, o en culo propio para ser más exactos. Y los cubanos, antecesores nuestros en las escaseces, ni te cuento. De ese rollo, o de la falta de ese rollo, tienen una experiencia bien larga. Recuerdo que un amigo cubano, muchos años atrás, me decía que todos los culos cubanos sabían leer, porque tenían décadas limpiándose con Granma, el pasquín que los castristas llaman diario.

Cuando digo que el susodicho virus se nos metió en la cabeza no es una metáfora, es una realidad, una terrible realidad, porque el bichito invisible se nos mete precisamente por la cabeza, principalmente por boca, nariz y ojos.  Los tres instrumentos fundamentales que tenemos los seres humanos, para alimentarnos, para respirar y para mirar. Y qué difícil es hacerlo con las susodichas mascarillas.

Ahora bien, ¿cómo hemos medio resuelto el asunto? Bueno, en primer lugar para comer, lo hacemos solitos en nuestras casas, donde podemos quitarnos los tapabocas con cierta tranquilidad. Respirar, incluso lo debemos hacer a través de esas telitas protectoras y mirar, si nos ponemos lentes o mamparas transparentes mejor. Y ahí vamos tirando, como dicen los españoles, porque los venezolanos creo que ni eso.

Algo me está produciendo zozobra últimamente, creo que podría ser una consecuencia nefasta para el futuro de la humanidad y además no sé cómo lo vamos a resolver. Si la boca es la principalísima vía de contagio ¿dejaremos de besarnos para siempre? Ese intercambio salival, lingual, tan importante para el deseo, ¿desaparecerá? Olvidaremos para siempre eso que nuestros jóvenes muy expresivamente llaman darse un latazo, es decir, caerse a besos profundos, húmedos, efervescentes, excitadores. El amor no será el mismo en el futuro.

Además, avezados investigadores se han percatado que el monstruito viaja también, y mucho, por las lágrimas. O sea, que tampoco vamos a poder llorar. A pujar y punto. Nada de soltar esos lagrimones a los que nos tenían acostumbrados los episodios románticos o las tristezas en general. Aguantar callado, no nos queda de otra. El dolor tendrá que encontrar otra forma de expresión.

Sin besar y sin llorar ya no seremos los mismos. ¿Lo podremos soportar?

 

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