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Los disturbios en Francia LA JACQUERIE DEL PORTAMONEDAS, por María Sol Pérez Schael

Disturbios en París 1
Podemos decir que hoy, en Francia, lo que vemos es una revuelta de las clases medias, con reivindicaciones esencialmente económicas (que pueden terminar siendo políticas bajo la modalidad conocida acá como dégagisme es decir, ‘que se vayan todos’).

Ayer París amaneció paralizada y a la expectativa. El nerviosismo general era evidente. Estos sábados pasados, en especial el último, me han recordaron la calles de Caracas en 1989: saqueos, violencia y mucha rabia, sólo que a diferencia de la tragedia del Caracazo, en París se cuentan carros incendiados, boutiques desvalijadas pero no muertos.

¿Cómo llegamos a esto? Es la pregunta que se escucha en la ciudad. Veamos entonces algunos antecedentes:

Emmanuel Macron llega a la presidencia respaldado por los desencantados de la vieja política. Llega solo, sin partido, con un movimiento construido durante la campaña, es decir, sin una fuerza articulada y arraigada en el territorio. El efecto de ese triunfo, unido a los escándalos de corrupción de los viejos partidos, provocó la debacle de las instituciones políticas. El PS prácticamente no existe, los partidos de la derecha republicana sobreviven a duras penas y los partidos que se fortalecen (relativamente pues, repito, también están desacreditados) son los de ideologías extremas: Marine Le Pen (ultra derecha) y Mélenchon (ultra izquierda).

Macron triunfa con la promesa de renovar Francia (imposible saber lo que cada elector podía tener en su cabeza al interpretar la palabra ‘renovar’). Quería lograr aquello que los partidos tradicionales no pudieron hacer antes que él, a saber: modernizar el país en el marco de las necesidades ecológicas del planeta y lanzarlo con fuerza en la aventura de la mundialización. Consciente de que el poder desgasta, intentó aprovechar los primeros 18 meses de gobierno para lanzar las medidas más urgentes (en su opinión) y equilibrar el presupuesto como lo exige la comunidad europea. En ese camino logró darle un golpe mortal a los sindicatos, especialmente a la poderosa CGT, que no logró movilizar a la gente contra esas medidas. Solo la CFDT, reformista, aceptó negociar con el gobierno y, por ello, mantiene cierto vigor. Se puede decir entonces que con Macron desaparecen los cuerpos intermediarios y en la escena política quedan él y el pueblo. De allí que comenzaran a definir su gobierno como ‘jupiteriano’.

En el contexto europeo —hay que decirlo— ninguno de los países de la unión ha logrado levantarse de la crisis de 2008. Las consecuencias de esa crisis, junto a las transformaciones provocadas por la revolución tecnológica, la mundialización y ahora la guerra económica de Trump, han dejado Europa un poco a la deriva, intentando levantarse frente a los monstruos económicos de EEUU y China. Todo ello ha impactado a la sociedad francesa y provocado que las clases medias, desplazadas por la pérdida del poder adquisitivo, sientan miedo del futuro y se replieguen en eso que llaman identitarisme (no hago consideraciones sobre el tema de esta nueva ideología ligada a los problemas de la inmigración pues eso le echa candela a todo esto).

A esta crisis se une el impacto de la modernización que en Europa no sólo ha provocado desempleo sino proliferación de trabajos precarios que angustian. Alemania ha logrado enfrentar el tema económico con algo de éxito pero al precio de incrementar de manera problemática los empleos precarios. Inglaterra huye despavorida con el Brexit, Grecia se aferra a la teta europea para sobrevivir y otros países se lanzan en brazos de la extrema derecha: Italia, Austria, Hungría. Si yo pudiera resumir diría que, en Europa, las clases medias desaparecen a velocidad vertiginosa y con ellas el sustento real de las democracias.

Podemos decir que hoy, en Francia, lo que vemos es una revuelta de las clases medias, con reivindicaciones esencialmente económicas (que pueden terminar siendo políticas bajo la modalidad conocida acá como dégagisme  es decir, ‘que se vayan todos’). En ese sentido son inéditas, aunque recuerdan las jacqueries de 1300 o las ocurridas bajo Luis XIII y Luis XIV.

Podemos decir también que los partidos y las élites políticas en Francia no supieron leer ni anticipar el descontento y que, el equipo de Macron en su gran mayoría integrado por jóvenes sin experiencia política, no pudo anticiparlo y tardó mucho en comprenderlo y reaccionar adecuadamente.

La mesa estaba servida para un conflicto de magnitudes impredecibles.

Los Gilet Jeunes  (GJ)

El conflicto de los GJ comienza con un video colocado en internet por Jackeline Gouraud, una señora de provincia (autor/compositor, así se presenta en Facebook), quejándose del impuesto a la gasolina. Hay que saber que, en los poblados del interior del país los comercios de proximidad (panaderías, carnicerías, etcétera) desaparecen arruinados por la gran distribución, y los servicios públicos, médicos o escuelas y los lugares de trabajo se distancian por diversas razones (falta de personal, reducción de costos) y todo ello obliga a utilizar el carro. Así, pues, ese video provocó una reacción inesperada y la gente comenzó a bloquear caminos y carreteras y a identificarse con el chaleco amarillo, que todo automovilista está obligado a tener para usarlo en caso de accidente. Lo que nadie imaginaba es que ese movimiento se unirían los sufrimientos de los desplazados, de los que viven precariamente y de todos los que odian a los políticos. Es ese odio generalizado lo que ha impedido que Mélenchon,  los sindicatos o Marine Le Pen recuperen el movimiento que, hasta hoy, avanza de manera anárquica y desarticulada.

Los franceses y la negociación imposible

En el discurso, la mayoría de los franceses respalda a los ‘GJ pacíficos’ y rechazan la violencia. Eso dicen las encuestas, los medios, los analistas y los servicios de seguridad del Estado. Todos coinciden al afirmar que la violencia de estos sábados ha sido promovida por los grupos extremistas de derecha y de izquierda. También se admite que algunos de los ‘auto designados’ voceros de los GJ son conocidos militantes de esos grupos pero, lo que parece claro, es que la mayoría de los GJ son de tradición abstencionista que por primera vez manifiestan. La violencia se explicaría así por la presencia de los radicales de extrema derecha e izquierda y por la presencia de los Black Bloc, una internacional anarquista europea que se desplaza por los distintos países para participar en los conflictos. Son expertos en  técnicas de terrorismo y saben agitar y desaparecer. Se comunican por redes imposibles de rastrear, por lo que son difíciles de identificar, pero su firma en los actos de violencia es conocida. Esos grupos han contribuido a desacreditar el movimiento de los GJ mucho más de lo que se esperaba.

¿Error estratégico de Macron, frente a un movimiento que se escapa de las manos de sus creadores? ¿Una negociación imposible sin voceros ni objetivos?

Una de las críticas que se le hace al gobierno es el haber tardado en ceder. En realidad, da la impresión de que, ante la imposibilidad de anticipar la amplitud de la revuelta, el gobierno consideró que podía mantener su posición y, sobre todo, no traicionar sus promesas electorales, mientras la protesta perdía fuerza. Pero ocurrió lo contrario y ceder ahora resulta complicado. En eso están. Por otro lado, los GJ han sido desbordados por la violencia y por la incapacidad para definir los objetivos e identificar voceros legítimos, de manera que también, en cierta forma, se ha debilitado. Para comprender la dificultad del liderazgo de los GJ: la semana pasada, un grupo de GJ originales aceptó reunirse con el Primer Ministro pero los  radicales amenazaron de muerte a ellos y a sus familias y no llegaron a Matignon.

El problema de las reivindicaciones contradictorias también le complica el trabajo al gobierno a la hora de ceder. Los GJ piden la eliminación de la burocracia (despidos) y, a la vez de exigir la eliminación de impuestos (salvo a los ricos), quieren la mejora en los servicios públicos (más gastos). Satisfacer todo esto a la vez es imposible. En lo político, las exigencias son variadas también: unos piden cambios en el gabinete, otros quieren una autoridad fuerte y han llegado a proponer a un general (al general Villiers, ex jefe del Estado Mayor) como Primer Ministro, otros piden asambleas populares, otros un referéndum, otros la renuncia de Macron, otros la disolución de la asamblea. En fin, por ese lado tampoco es fácil seguir el hilo. Como puede verse, estamos frente a un gran movimiento, producto del sufrimiento y la rabia, sin organización e impreciso en sus objetivos. Todo ello  empuja hacia la anarquía.

El gobierno, por su parte, ha comenzado a ceder y provocado las primeras fisuras: los camioneros (CFDT) que debían unirse ayer sábado al movimiento, negociaron y llamaron a no participar, los GJ originales (la señora compositora del video y otros), a pesar de las amenazas se reunieron antenoche con el Primer Ministro y, aunque no estaban satisfechos, llamaron a que ayer se manifestara en las regiones, no en París.  Sin embargo, los liceístas se agregaron y amenazan con más manifestaciones la semana próxima. Hoy todo el mundo saca cuentas: pérdidas milmillonarias, más de mil detenidos y ni un solo muerto.

Las navidades habrá que dejarlas, quizá, para el año que viene.

París, domingo 9 de diciembre 2018.

María Sol Pérez Schael es socióloga, novelista y ensayista venezolana residente en París.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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