Wakolda MENGELE EN BARILOCHE, por Héctor Concari

WakoldaEl germen de Wakolda está en una historia que narra Tomás Eloy Martínez. El 9 de septiembre de 1970 el escritor entrevista a Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro, su residencia madrileña. El viejo caudillo, cabalgando entre la nostalgia y la estrategia hacia el aún lejano regreso triunfal, desgrana sus memorias. Cuenta, entre otras cosas, como, siendo presidente, un médico alemán lo visitaba para narrarle sus descubrimientos científicos, buscando interesarlo en proyectos que mejorarían la ganadería. «Me mostró las fotos de un establo que tenía por allí cerca del Tigre (un suburbio de Buenos Aires) donde todas las vacas le parían mellizos«. Martínez le pregunta distraídamente si recuerda el nombre del especialista. «Era uno de esos bávaros bien plantados, cultos, orgullosos de su tierra», responde Perón, quien padecía una acendrada germanofilia. «Espere… Si no me equivoco, se llamaba Gregor. Eso es, el doctor Gregor». El dato queda guardado durante años en un audiocassette de un baúl escondido, hasta que en 1985, el azar lo exhuma: Gregor era uno de los alias de Josef Mengele. El nombre difícilmente necesite presentación. Estudió primero antropología, luego medicina, se afilió al partido Nazi y luego a las SS. Herido en combate en el frente ruso, hizo de las suyas en el campo de Birkenau y luego en Auschwitz era el encargado de decidir quién vivía y quién no. Pero pasará a la historia de la infamia como un “experimentador” en el campo de la genética, muy interesado en el terreno de los mellizos. Sus experimentos se hacían con seres humanos. Logró huir hacia Argentina.

La historia de Wakolda no necesita ser cierta, tiene la madera noble de la verosimilitud. Postula un matrimonio que, a principios de los sesenta, camino a Bariloche, donde piensan radicarse, encuentran un alemán que pide un aventón. La hija, a pesar de sus doce años tiene problemas de crecimiento y esa herida espiritual generará dos movimientos. Por un lado es la vía por la cual Mengele, se cuela en el universo familiar (la esposa es descendiente de alemanes, se inserta en la comunidad de inmigrantes de la ciudad) y al mismo tiempo desencadenará una relación de curiosidad y fascinación con la adolescente. Todo ocurre en Bariloche, ese pueblo paradisíaco y gélido, perdido entre montañas. En él, el viejo espíritu nazi aún vive (fue el refugio de varios criminales a lo largo de los años) y Mengele, vuelve por sus fueros: la vieja obsesión de los mellizos, la vieja creencia en el mito de la superioridad de una raza sobre las otras y el culto a los más fuertes que a la postre sobrevivirán (como sobre el final parece confesar la película). Porque la atención del  protagonista se fija en las aristas más débiles de la familia. Lilith es hostigada en la escuela por ser la más pequeña de la clase y la madre tiene un embarazo complicado con ¡mellizos!

Más metafóricamente, Mengele financia la creación de muñecas con el padre, como prolongación de sus delirios genéticos, o tal vez como fascinación por la muerte. Nunca lo sabemos aunque quede en el aire su pregunta «Â¿nunca pensó en fabricarlos en serie?». También hay una desviación policial, que no necesariamente tiene mucho que ver con la historia de Mengele y la familia, y por momentos parece distraer más que aportar a la narración, sincopada por hidroaviones que despegan y se posan sobre la belleza del lago Nahuel Huapí. A pesar de su originalidad, pareciera que todas las líneas no se unen y que la metáfora de los muñecos está fuera de lugar.

Tal vez el logro más disfrutable de la película no esté en la anécdota sino en el clima que logra crear. El gris es predominante, como honor a un paisaje montañoso, sí, pero además como metáfora de esa cáfila de perdedores que se aferran a una ideología derrotada pero en la que depositan aún sus esperanzas. Podría argumentarse que Puenzo es demasiado benévola en su descripción, tal vez solo busque ser naturalista. En los hechos no son mucho más que una manada perdida, sin real capacidad para otra cosa que no sea mantenerse agrupados y huir. Un film de clima, más que de anécdota, que desgrana una tristeza profunda y que vale la pena ver.

WAKOLDA. Argentina, 2013. Directora Lucía Puenzo. Con Natalia Oreiro, Alex Brendemuhl, Diego Peretti, Florencia Bado.

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