El último virrey de la India / LA RETIRADA DE UN IMPERIO, por Héctor Concari

Lo único que la película busca dejar en pie es la figura de Mountbatten, bien intencionado, racional, dispuesto a escuchar a todos, y, para la película tan inobjetable como Gandhi para el resto de la humanidad.

La última alusión cinematográfica al muy digno Lord Mountbatten, fue más bien deslucida. Después de saludarlo muy ceremoniosamente en un acto público, Winston Churchill, impecablemente vestido por John Lightgow en la primera temporada de la serie The Crown, comentaba socarronamente: “Este tipo entregó la India sin disparar un solo tiro”.

El comentario decía mucho sobre Churchill pero reflejaba pobremente a Mountbatten. En realidad Louis Francis Albert Victor Nicholas Mountbatten había sido oficial de la Marina Británica y peleado en la Primera Guerra. En la segunda comandó la expulsión de los japoneses de Birmania y Singapur. Según las referencias no solo era buen soldado, sino además un diplomático experimentado, lo cual le valió una tarea ingrata. Ser el último virrey de la India, entregar el país a sus legítimos dueños que, militancia pacífica de Gandhi por un lado, y debilidad imperial de posguerra por el otro, habían finalmente conquistado el derecho a la autodeterminación.

La tarea distaba mucho de ser la entrega de un paquete, en buena medida porque pese a las buenas maneras y la pompa, un retintín de humillación (bien reflejada en el comentario de Churchill) bañaba todo el proceso. Pero además el panorama indio era todo menos homogéneo, a una sociedad fuertemente estratificada, se le agregaban las diferencias religiosas de hindúes y musulmanes, y las apetencias políticas de los distintos líderes. Y un imperio, en principio, aspira a una retirada honorable y ordenada, tarea del bien intencionado Mountbatten, según novela histórica de dos personajes conocidos por los editores de best sellers Dominique Lapierre y Larry Collins, que han escrito un poco sobre todo, desde la retirada de los nazis de París, las penurias de Calcuta o las fantasías belicistas de Gadafi.

En todo caso, la película intenta casar dos temas. El primero, los intentos de Mountbatten por insuflar algo de flema británica muy a la Downtown Abbey en un país que se desfibra poco a poco y que ve alternativamente con recelo o entusiasmo las bondades de dejar la India para los indios y crear un nuevo país llamado Pakistán para los musulmanes. Por el otro lado, la historia de una pareja joven, asignada al servicio del nuevo virrey que busca casarse y que, dada la previsible lógica del best seller original, pertenecen a las religiones antagonistas. Ocurre entonces lo inevitable para el libreto. Obligado a asar dos conejos al mismo tiempo, las dos historias caen al suelo, víctimas de la endeblez de todo el asunto.

El problema principal parece ser la sencillez con la cual el libreto traza las líneas maestras de una situación que, si se piensa bien, es muy, pero muy compleja. El antagonismo de las dos religiones prevalentes estaba anclado, además, en rencillas no menores entre los líderes políticos que, más allá de la estatura  de Mahatma Gandhi, lejano e intocable, pugnaban por darle al nuevo país que nacía una fisonomía propia. Con el agravante de las distancias, los liderazgos regionales y la rápida pérdida de poder real de la muy lejana corona británica.

Frente a ello, lo único que la película busca dejar en pie es la figura de Mountbatten, bien intencionado, racional, dispuesto a escuchar a todos, y, para la película tan inobjetable como Gandhi para el resto de la humanidad. El problema es que la figura es tan ecuánime que hasta el espectador desconfía. No hay ni una alusión a las presumibles maniobras para lograr un acuerdo entre los actores indios y los gobernantes ingleses. Y probablemente hayan sido esas negociaciones, intensas, sutiles, exigentes, a la medida de su fama de negociador y formadas a la luz de los cambios de posguerra en el gobierno inglés, las que tenían más interés. La película prefiere entonces la pompa y el ritual de un lado y el culebrón romántico del otro, con lo cual la trama se hunde cada vez más en lo previsible. Una lástima, el malogrado Mountbatten merecía más que el bronce de una estatua lejana.

Seguramente era una figura trágica. La historia lo condenaría a serlo. Moriría víctima de un atentado del IRA, mientras pescaba en una laguna irlandesa, demasiado cerca de la rebelde Irlanda del Norte como para estar en terreno seguro.

El último virrey de la India. Inglaterra. 2017. Directora: Gurinder Chadha. Con Hugh Bonneville, Gillian Anderson, Manish Dayal, Huma Qureshi.

Deja un comentario