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5 de enero LAS DIPUTADAS NO SE VENDIERON, por Natalia Brandler

Un cordón de mujeres diputadas de la Asamblea Nacional, escoltadas por parlamentarios, hicieron frente a los piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional Bolivariana que, el 5 de enero, no permitieron el paso de diputados y medios de comunicación al Palacio Legislativo de Caracas.

Cuando observé la foto con los diputados traidores a la democracia, no pudo sino complacerme constatar que tan solo una mujer apareció en esa lista de personas que se vendieron a la tiranía “por un puñado de dólares” (algo más que eso). Me llena de esperanza el comportamiento de la gran mayoría de las mujeres diputadas y militantes de nuestros partidos democráticos. Siempre he pensado que las mujeres somos la reserva moral del país.

La tradición filosófica occidental (Aristóteles, de Aquino, Rousseau, Kant, Hegel, Nietzsche, Sartre) ha considerado históricamente que la capacidad de razonamiento de las mujeres es inferior a la de los hombres y que por ello tenemos menor valor moral, menor coraje, menor consciencia y por ende menor autoridad moral y con ese argumento deberíamos esta bajo la autoridad política de los hombres. Esta discusión de la supuesta superioridad moral del hombre que hoy en día nos puede parecer innecesaria, tuvo quien la justificara hasta bien entrados los años ochenta del siglo pasado.

Un artículo del NYT de Carol Travis, publicado en 1982 menciona a Lawrence Kohlberg, “el psicólogo de Harvard que ideó una secuencia de desarrollo moral de seis etapas, argumentó que las mujeres tienden a quedarse atrapadas en la «‘etapa tres’, donde los estándares de moralidad y la bondad dependen de agradar y ayudar a los demás”, y que “las mujeres rara vez llegan a la sublime ‘etapa seis’, donde la moralidad se deriva de principios fundamentales que trascienden el interés propio y la nacionalidad”. El artículo también cita a Freud y a Piaget que con distintos argumentos coinciden en encontrar a las mujeres deficientes en consciencia y en capacidad cognitiva y por tanto con menor capacidad para tomar decisiones morales de la misma manera que los hombres. Las mujeres sabemos que cuando nos dicen que somos diferentes se suele implicar que somos deficientes.

Hubo excepciones a esta posición. Mary Wollstonecraft en Vindicación de los derechos de la mujer (1792) afirmó que tanto las mujeres como los hombres somos potencialmente racionales y virtuosos, y lo mismo pensó el filósofo Bertran Russel, quien, bien entrado el siglo XX, se vio obligado a defender esta posición. Carol Gilligan, en 1983, encontró que las mujeres, enfrentadas a un dilema moral toman su decisión basadas en causar el menor daño posible. Esto parece contradecir uno de los valores de la ética filosófica moderna, como es la imparcialidad, pero a eso varias filósofas feministas de los años noventa, como Iris M. Young, Marilyn Friedman o Joan Tronto, responden que es imposible para un ser humano desprenderse de las pasiones y de las conexiones afectivas y argumentan que el ideal de imparcialidad tiene defectos morales, pues conlleva la disposición de sacrificar a quienes amamos en favor de principios abstractos y que más bien debemos concentrarnos en identificar nuestra parcialidad para poder eliminar los sesgos de los que somos conscientes. Llegan incluso a afirmar que el cuidado del otro es un ideal ético y político que nos permite a las y los ciudadanos democráticos a vivir bien juntos en una sociedad plural. Ninguna de estas filósofas pretende decir que los hombres estén equivocados, solo que las mujeres tomamos decisiones basadas en consideraciones de cuidar a los otros.

Por lo que hemos visto que ha sucedido en Venezuela los días 5 y 7 de enero, me pregunto: ¿han sido los diputados, con su sentido moral, más valientes que las diputadas cuando se vieron ante el dilema de aceptar dinero o poner en riesgo su seguridad y su posición? ¿Estuvieron ellos menos dispuestos a obedecer a quienes violaban las leyes, menos dispuestos a aceptar políticas inmorales que las diputadas?

No es la intención de este artículo defender la superioridad moral de las mujeres, solo constatar que la gran mayoría de las diputadas se mantuvieron firmes en sus convicciones y que han demostrado tener la autoridad moral para ocupar cargos de máxima responsabilidad. La lucha de las mujeres no ha terminado, los partidos políticos y la democracia deben acabar con su sesgo masculino y ellas deben ocupar  el lugar que se han ganado en estas oscuras horas de nuestra historia. En Venezuela, las mujeres somos la reserva moral de la democracia.

nataliabrandler@gmail.com

@nataliabrandler

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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