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11 maneras de decir te amo sin palabras …Y ÉL VIVIÓ FELIZ PARA SIEMPRE, por Silvia Dioverti

Hombre de las cavernasPorque ese cielo azul  que todos vemos,

ni es cielo ni es azul, ¡lástima grande,

que no sea verdad tanta belleza!

(Atribuido, indistintamente, a Bartolomé  y a  Lupercio de Argensola)

Que el tuit es como las chisteras de los magos de donde pueden salir conejos y palomas y otra infinidad de cosas, no es ninguna novedad: un tuit lleva a otro y ese a otro y, de pronto, nos encontramos leyendo lo que nuestra inclinación natural nunca buscaría espontáneamente.

¿Qué azar o qué maliciosa intención hace que al estar leyendo una acusación sobre narcotráfico, por ejemplo, a uno se le desvíe la mirada hacía un titular que, dentro del oscurantismo de lo que leíamos, nos hace guiños luminosos y nos convoca a más saludables lecturas? O al menos así lo creemos hasta que, ingenus, nos adentramos más allá de la promesa engañosa de un lead que comienza hablando de la pareja y termina por ser una ruta unidireccional, un desolado paraje donde la tal pareja solo es sustentable por el esfuerzo de uno de sus miembros.

11 maneras de decir te amo sin palabras fue el anzuelo que me sacó de las aguas turbulentas de lo narco (y anarco) prometiéndome una playa paradisiaca que, parafraseando a Argensola, ni fue playa ni fue paraíso. Venía yo en esos días discurriendo con un amigo sobre la legitimidad de pronunciar apasionados te amos, te quieros y te adoros en los inicios de una relación amorosa cuando sabido es que amar y querer, ¡y ni qué decir adorar!, demandan bastante más tiempo y esfuerzo. Pero por aquello de que la boca habla de lo que el corazón está lleno —ex abundantia cordis os loquitur que decían los latinos— nos permitimos esas expresiones para que el río impetuoso de la pasión encuentre su vertedero  a través de la palabra.

He aquí, me dije esperanzada al leer el titular, una manera de zanjar la polémica y poner manos a la obra en lugar de palabras en la boca. Pero no. Apenas pasado al punto 2[1] de la falsa promesa de las 11 maneras, mi memoriosa memoria me retrogradó (el uso del verbo es intencional) hasta algo leído hace algunos años y que venía, directo, de la España franquista de 1953, a saber: La guía de la esposa perfecta, también de 11 puntos, también unidireccional, también oliendo a testosterona la mano que la perpetró o, según sostienen algunos (lo cual sería mucho peor), surgida de las manos domadas y sumisas de la Sección Femenina de la Falange  —valga la vecindad del miembro mano de todos modos—. Con antecedentes así no es de extrañar, entonces, que España sea en la actualidad uno de los países con más violencia de género.

La versión 2015, aparecida en un periódico digital, tomada de otro también digital[2], pero más que ligeramente alterada en el primero, entró en franca confrontación con un libro que acababa de corregir y al cual, calculando grosso modo, se le habían sumado unas cuarenta páginas más de puras especificaciones de este tenor: …“las niñas y los niños deben ir vestidos y vestidas de acuerdo al género al que pertenecen; …las adultas y los adultos deberán velar porque las jóvenes personas puedan expresarse a sí mismas o a sí mismos”. Y ese cambio nominal —en franca contradicción con el cambio real— “Este es un continente de caudillos, compadre, y la mujer tiene que estar en la sombra” (M. Silva dixit), me iba convirtiendo, casi con furia, en la feminista que nunca fui.

En realidad, confrontación es poco decir. Un  furor de buena lectora me fue subiendo desde las entrañas y yo, que jamás había sentido el llamado interior a engrosar las filas del feminismo, sentí que, por mucho Hombre Nuevo que venga —si es que viene— siempre planeará sobre la mujer la mano de ese cavernícola irredimible que en tiempos antiguos la arrastraba por los cabellos hasta la cueva… de Lascaux, Altamira o de Alfredo Jhan, poco importa.

Ahora, que esa versión 2015 estuviera dirigida para y desde esos jóvenes efebos que un ve por ahí con cuerpos olímpicos y a los cuales supone emancipados del cavernícola, me causó tal espanto que llamé a mi hijo y lo sometí a interrogatorio para detectar en su decir cualquier síntoma de obsoleto patriarcado;  luego, ya más tranquila con sus respuestas, me di a la tarea de discurrir conmigo misma.

Según el mito griego, la diosa Atenea, hija partenogenética de Zeus, salida de la frente de su padre después de que este se tragase a la madre de la pobre criatura, nació completamente armada y, dicen los chismes de la época, “jamás se casó o tuvo amantes, manteniendo una virginidad perpetua. Era imbatible en la guerra y ni el mismo Ares pudo derrotarla”. ¿Por qué entonces, lo femenino, bien capaz de lo atenéico, va por sí solo a pergeñar una guía infeliz y vergonzosa que, tantos años después, encuentra eco, primero en la publicación de una mujer, y luego, ya ostensiblemente modificada a favor de lo masculino, irrumpe de la mano de los jóvenes —o al menos en un metalenguaje juvenil— en tiempos en los cuales se insiste en hacernos creer que algo así como el Hombre Nuevo puede engendrarse desde un ideario anquilosado?

Como ya quedó dicho más arriba, jamás me sentí inclinada hacia el feminismo. Hija de mi padre, nunca he tenido rivalidad con los hombres, ellos son ellos, yo soy yo, y en algún punto coincidimos y somos. Sin ellos la vida sería de una monotonía angelical, pero monotonía al fin; sin ellos no sabríamos de esa completud que logramos entrever cuando, entregads sin temor al otro, nos fundimos en un ser andrógino —ese andrógino platónico— perfecto en su esfericidad, capaz de rodar sobre sus cuatro brazos y sus cuatro piernas.

En los cuentos de hadas, esos mismos que han modelado nuestra psiquis occidental, es a ambos integrantes de la pareja a quienes les es dado “vivir felices para siempre”. Cualquier otra cosa solo es atribuible a una desviación egocéntrica y onanista que cree poder convertirse en el amo y resolver, así, la dialéctica hegeliana: El hombre nunca es sola y meramente hombre. Es amo o es esclavo. Pues no.

[1] http://informe21.com/amor/descubre-11-maneras-para-decir-te-amo-sin-palabras

[2] http://www.imujer.com/143670/11-maneras-para-decir-te-amo-sin-palabras

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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